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Moikka! Here's Adrián. I work for Igalia.

The Moon says hello

Había pasado más de una hora cuando la música, con el volumen alto y la insistencia machacona típicas del tugurio nocturno al que habían ido, empezó a ser molesta. Ya fuera, se apoyó contra uno de los automóviles allí estacionados. Dejó caer la cabeza sobre el capó: el cielo nocturno sobre sus ojos estaba completamente vacío, pero sabía que la Luna sobre el orbe celeste salpicado de estrellas tenía que seguir existiendo.

Cerró los ojos para imaginarse un límpido cielo estrellado; pero lo único que consiguió fue hacerse un interrogante para el cuál aún no había sido capaz de encontrar una respuesta: ¿existirían realmente mujeres que pudiesen encajar con él, mínimamente inteligentes, mínimamente hermosas? Aún no había conocido ningún caso en el se manifestasen los tres factores simultáneamente. Sabía que cuando abriese los ojos, seguiría viendo un cielo totalmente negro. El no encontrarla a ella era como aquel momento: si al menos pudiese ver la Luna tendría un motivo para dejar de hacerse

preguntas que le imbuían el estado de inquietud que estaba experimentando. Abrió los ojos: seguía sin poder ver el cielo.

Bajó la cabeza lentamente. Allí estaba, apoyada en el coche de enfrente, mirando al cielo vacío como él mismo había estado haciendo: esbelta pese a su menudez, rasgos cálidos pese a su tez clara y la larga melena cobriza cayendo sobre sus hombros...

―¿Alguna vez has visto la Luna en una noche oscura?―preguntó ella mientras bajaba la cabeza.

Fue entonces cuando se fijó en sus ojos verdes, los más hermosos que había visto nunca.

― Acabo de verla―contestó.